martes, 7 de julio de 2015

Y LA MANCHA SIGUE AHÍ….Y SE EXPANDE.

Entre la ética y la corrupción, pareciera que  la balanza social se inclina cada vez más sobre lo que parece más fácil y no, sobre lo que es más justo. Para contemplar la gravedad de esta tendencia imaginemos un mantel de color blanco, puro,  se trata de un mantel agradable a la vista, una muestra de limpieza y transparencia. Ahora pensemos que  una gota de barro o suciedad, una simple nimiedad, cae sobre el  albo mantel. Por mínima que sea la mencionada mancha estropeará la belleza de la delicada prenda.

Algo similar podemos estar viviendo en Panamá. Ante el bombardeo diario de noticias relacionadas con la corrupción contemplamos, con cierta pasividad,  como  dicha mácula  se expande irreversiblemente por nuestro país, incidiendo en todas las áreas humanas (familia, sociedad, empresa, política, gobierno, universidad etc... ) y, hasta tal punto,  que  nos acostumbramos a ella: a su olor, a su fealdad, a sus consecuencias. Se  ha estandarizado actuar bajo la premisa de anteponer el interés propio(y muchas veces egoísta) al común, al general. Esta realidad hace al  final,  que con cierto escepticismo y desencanto veamos como única solución la confección  un mantel nuevo por la vía Constitucional, pensando que nunca se volverá a manchar. O tal vez, en otro caso, pretendamos lavar el mantel con juicios mediáticos, con nuevas leyes incordias a la realidad, y que al final se convierten en componendas paliativas que no devuelven la belleza y durabilidad del lienzo. Así, con la esperanza de querer eliminar la mancha nos olvidamos de dónde proviene, cuál fue su causa. Si bien el aparato jurídico o legal de nuestra República, empezando por la Constitución, puede o debe merecer una renovación con el fin de erradicar la corrupción, la raíz del problema es nuestra indiferencia hacia las cuestiones políticas y la carencia de una conciencia ciudadana que nos haga coherentes con nuestra peticiones y expectativas de país. Somos nosotros, los ciudadanos,  quiénes elegimos el camino o vía que debe seguir Panamá para la construcción del bien común.

Tengamos en cuenta que una lavada mediocre dejará el mantel desgastado, arrugado y viejo, sobre todo si la fuente de la mancha no ha desaparecido. De la misma manera puede pasar con nuestras decisiones, leyes, sociedad y hasta nuestra historia:   lavamos nuestros errores y vivezas, acumulando a la vez, los problemas sociales que vemos a diario y adicionando  fracasos, pérdidas y decepciones, causas de las quejas diarias de un pueblo hastiado y mancillado por la corrupción. Un pueblo que le cuesta entender el poder de su decisión, de su conciencia ciudadana.

Nuestra responsabilidad social, además de eliminar la más mínima mancha,  es teñir e impermeabilizar de todo acto de corrupción el aparato estatal y  nuestras relaciones personales o sociales. Esto se logrará tiñendo a Panamá con nuestra conciencia, nuestro sudor, nuestro entusiasmo, nuestras capacidades, nuestros estudios e ideas, nuestra sangre de pueblo, nuestro amor a la patria. Entendamos qué actos manchan nuestro mantel social y decidamos correctamente al respecto, recordando que  el escepticismo y el desinterés por la justicia, en todas sus manifestaciones, nos convierten en  agentes pasivos, en  una sociedad sin motivaciones e indiferentes a nuestra realidad, incluso en nuestro entorno más cercano: nosotros mismos.


No volvamos usual aceptar  las manifestaciones más básicas del juega vivo, hasta  aquellas que juegan con nuestro futuro (la corrupción política); y no desatendamos  nuestras responsabilidades y derechos dejando pisotear lo que nos corresponde y, sin siquiera caer en cuenta, dejar en manos de ineptos nuestras decisiones. No consintamos que con nuestra actitud pasiva y permisiva se acumulen manchas sociales que arruinen nuestro país, y al final,  la única solución sea murmurar con chasco  “somos más mancha que mantel”.  

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