Y LA MANCHA SIGUE AHÍ….Y
SE EXPANDE.
Entre la ética y la corrupción,
pareciera que la balanza social se
inclina cada vez más sobre lo que parece más fácil y no, sobre lo que es más
justo. Para contemplar la gravedad de esta tendencia imaginemos un mantel de
color blanco, puro, se trata de un
mantel agradable a la vista, una muestra de limpieza y transparencia. Ahora
pensemos que una gota de barro o
suciedad, una simple nimiedad, cae sobre el albo mantel. Por mínima que sea la mencionada mancha
estropeará la belleza de la delicada prenda.
Algo similar podemos estar viviendo en
Panamá. Ante el bombardeo diario de noticias relacionadas con la corrupción contemplamos,
con cierta pasividad, como dicha mácula se expande irreversiblemente por nuestro país,
incidiendo en todas las áreas humanas (familia, sociedad, empresa, política,
gobierno, universidad etc... ) y, hasta tal punto, que nos
acostumbramos a ella: a su olor, a su fealdad, a sus consecuencias. Se ha estandarizado actuar bajo la premisa de
anteponer el interés propio(y muchas veces egoísta) al común, al general. Esta realidad
hace al final, que con cierto escepticismo y desencanto veamos
como única solución la confección un
mantel nuevo por la vía Constitucional, pensando que nunca se volverá a manchar.
O tal vez, en otro caso, pretendamos lavar el mantel con juicios mediáticos,
con nuevas leyes incordias a la realidad, y que al final se convierten en componendas
paliativas que no devuelven la belleza y durabilidad del lienzo. Así, con la
esperanza de querer eliminar la mancha nos olvidamos de dónde proviene, cuál
fue su causa. Si bien el aparato jurídico o legal de nuestra República,
empezando por la Constitución, puede o debe merecer una renovación con el fin
de erradicar la corrupción, la raíz del problema es nuestra indiferencia hacia
las cuestiones políticas y la carencia de una conciencia ciudadana que nos haga
coherentes con nuestra peticiones y expectativas de país. Somos nosotros, los
ciudadanos, quiénes elegimos el camino o
vía que debe seguir Panamá para la construcción del bien común.
Tengamos en cuenta que una lavada mediocre
dejará el mantel desgastado, arrugado y viejo, sobre todo si la fuente de la
mancha no ha desaparecido. De la misma manera puede pasar con nuestras
decisiones, leyes, sociedad y hasta nuestra historia: lavamos
nuestros errores y vivezas, acumulando a la vez, los problemas sociales que vemos
a diario y adicionando fracasos,
pérdidas y decepciones, causas de las quejas diarias de un pueblo hastiado y
mancillado por la corrupción. Un pueblo que le cuesta entender el poder de su
decisión, de su conciencia ciudadana.
Nuestra responsabilidad social, además
de eliminar la más mínima mancha, es teñir e
impermeabilizar de todo acto de corrupción el aparato estatal y nuestras relaciones personales o sociales. Esto
se logrará tiñendo a Panamá con nuestra conciencia, nuestro sudor, nuestro
entusiasmo, nuestras capacidades, nuestros estudios e ideas, nuestra sangre de
pueblo, nuestro amor a la patria. Entendamos qué actos manchan nuestro mantel
social y decidamos correctamente al respecto, recordando que el escepticismo y el desinterés por la
justicia, en todas sus manifestaciones, nos convierten en agentes pasivos, en una sociedad sin motivaciones e indiferentes a
nuestra realidad, incluso en nuestro entorno más cercano: nosotros mismos.
No volvamos usual aceptar las manifestaciones más básicas del juega
vivo, hasta aquellas que juegan con
nuestro futuro (la corrupción política); y no desatendamos nuestras responsabilidades y derechos dejando
pisotear lo que nos corresponde y, sin siquiera caer en cuenta, dejar en manos
de ineptos nuestras decisiones. No consintamos que con nuestra actitud pasiva y
permisiva se acumulen manchas sociales que arruinen nuestro país, y al final, la
única solución sea murmurar con chasco “somos
más mancha que mantel”.
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